sábado, 22 de marzo de 2008

La otra noche.

Somos extraños. Hay una leve exactitud, que marca con definida intención la estrecha linde de lo convencional y extraordinario. Se trata de una franja que transcurre en la realidad de los seres humanos. Está a nuestro alcance, al de todos, pero su benevolencia está reñida con nuestra actitud por demostrar su incidencia en quienes somos. La precisión, sólo depende de asir el carácter unívoco, la significación expresa, la forma desnuda que vitalmente pulsa nuestro entendimiento, y dotarla de cuánto ansiamos. De ahí la rareza que, si bien ocultamos como síntoma de cordura, equilibrio y sensatez, no es menos cierto que nos acompaña fielmente, a pesar de nosotros mismos. Los deseos son pálpitos que navegan sin dirección determinada. Tan pronto irrumpen con el desenfreno más exacerbado, como se extravían, o no realizan la travesía a sabiendas que no los recibiremos. Aquellos por que suceden con el apasionado y voraz apetito que no permite ni un solo momento de paz. Los desorientados, por que merodean sin osar decir esta boca es mía, no quieren implicarse en la espiral laberíntica de las que desconocen término o fin. Y, por último, los que permanecen con la esperanza baldía de desarrollarse en quienes nacen, por mor de que arraiguen, y nos cuestionen cuánto y quienes somos. Valedores de su propia genealogía desiderativa, aunque cercenado su destino por la decisión inequívoca de no enturbiar los sentimientos y provocar dolor propio y ajeno...

La otra noche vino abierta al bies. Los ojos azules de mi padre rodaban sobre la mesa. Mientras un café solo, tres tazas de chocolate y una copa de anís, se prestaban para saborearse.

En las calles había un eco sordo, de memoria inextricable. Una confusa predominancia de vestigios adosados al recuerdo, se vislumbraba más allá del bar con luz de burbuja. Las palabras se gastaban en el aire como las llamas de un incendio que se yerguen hacia el cielo. Andamos de lo divino a lo humano, rescatando la huella que nos dejaron los que abrieron nuestras estancias. Las habitaciones en las que el ropero guarda las sábanas de la cama o el pijama de invierno. Hasta que el noctámbulo bostezo anunció nuestra partida.

La frialdad de la noche se repartía entre capirotes que avanzaban sobre el gentío y mi negra gorra. No sé como fuimos capaces de pasar entre aquella abigarrada muchedumbre, que se extendía a ambas orillas del cortejo procesional. Las pequeñas luminarias de los cirios que portaban los nazarenos, ungían la oscuridad. La madrugada aparecía brumosa y ascendida alrededor de la luna llena. Caía sin deseo en aquel aluvión de matices. Era un batiburrillo desacompasado en mi pupila.

Recorrimos diversas calles hasta desembocar en aquellos desencajados y
sobrevenidos haces de luces. El paso de virgen gravitaba, con lenta parsimonia y cachaza, insuflada por sus admiradores que se arremolinaban alrededor en loores de santidad. Fue cuando me apercibí que no escuchaba nada. La sonrisa de mi padre le recreaba los pómulos salientes, las mejillas sonrosadas y la comisura de los labios dividida en pequeñísimos pliegues.

Entonces, tu mano se delato en mi brazo para confortarme. Y descubrí tus ojos. La figura reverenciada, envuelta en oropeles, encajes y brillantes era una maciza cariátide sin vida. Y tú estabas allí. Evidenciando que los milagros existen y palpitan. Una punzada de alegría pura recorrió mi vacío. Y quise escribir y amar más que nunca...


1 comentario:

Saray Pavón Márquez. dijo...

Lo hice ayer, espero que, aunque te apabulle, consiga una sonrisa.

Muchos BeRsos :)

http://es.youtube.com/watch?v=3THGAdD_Sbw