domingo, 16 de marzo de 2008

Lo demás es silencio, padre

Lo demás es silencio, padre,

que acude en tu ausencia para despojarme,

de cuanta luz azul pregonó tus caricias

en la infancia que no deja de sanar en mí.

Fueron los días de parque marchito

con soles entre hojas, como lucerna tímida

que agota su llama en el aceite paciente.

Allí corrí, sobre tu boca siendo niño

para callar en la congoja de este pecho,

de hombre anegado por el vacío.


Lo demás es silencio, padre,

hay un tiempo de rotos presagios para siempre,

que duermen en este desamparo,

en la dolencia más íntima y secreta

que anda conmigo a todas partes,

sin hablarme, sin desearme,

sombra del tiempo extinguido

en el naufragio de tu adiós.

Estoy solo en este lugar, del que me asombro,

como un extraño en la ciudad desconocida,

perdido, violentado por este abandono

que no halla alivio ni descanso.


Lo demás es silencio, padre,

y, mientras estos días, no recojo las palabras,

apremiadas en el devenir diario que se aleja,

el azahar dichoso de tu voz declama

cuánto amor hemos de perder para amar,

sin que el reguero de sangre confunda la ternura

con un gesto de liquidez inmediata.

Ahora que el universo es un latido sin fuerza,

quiero ataviar tu cuerpo yerto con mis labios,

que prendan la lividez de tu rostro

y hablen del amor, de ese amor que te tuve.

2 comentarios:

Saray Pavón Márquez. dijo...

Debes latir con fuerza. Tu voz nos llega a muchos que te deseamos una vida llena de vida. Es normal anhelar a alguien que quisiste, pero no debes permitir que su ausencia te condene a los versos tristes, a apagar tu presente.

He vivido muchas pérdidas. Cada una ha dejado una marca en mí. Pero, aunque la nostalgia nos cubra a veces, debemos de ser fuertes día a día. Llenarnos con lo que tenemos y los recuerdos que nos arrancan sonrisas.

No te apagues, Pedro.

Un abrazo muy fuerte.

Pedro Luis Ibáñez Lérida. Sevilla. dijo...

No quisiste que la penumbra, confundiera cuánto quise,
con un triste gesto alicaído,
y vienes dispuesta a refrendar
tu propio dolor en el mío,
con la sonrisa que pliega
en tus labios la mayor esperanza:
sentirnos dichosos por el hoy.

Una estrella brilla en la hora de nuestro encuentro.Con el latido de una inmensidad pendiente de vivir.

Gracias por tu generosidad y belleza.

Un BErSO de vida.

Pedro Luís Ibáñez Lérida.